Una de ciencia ficción

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Cada dos años, una máquina perforadora baja hasta el núcleo terrestre para extraer el magma necesario para proporcionar energía a una antigua ciudad subterránea.

La máquina perforadora avanzaba lentamente, atravesando la dura roca, siempre hacia abajo. El complejo artefacto había abandonado la seguridad de la ciudad hacía ya ocho meses, y ahora estaba donde hacía calor, cerca del núcleo. Tenía una única misión: almacenar el magma en su depósito trasero y utilizarlo en la ciudad como fuente de energía.

-Ya estoy harto de bajar aquí cada dos años –resopló un hombre bajo y regordete que vestía un uniforme dorado-. Siempre he dicho que tendríamos que construir túneles que llevasen directamente al núcleo.

-No es muy viable –respondió el piloto de la máquina-. Aquí hace demasiado calor, y no tenemos robots lo suficientemente avanzados como para hacer el trabajo de un hombre. Un humano no aguantaría mucho aquí, ni siquiera con un traje aislante del calor.

-Sí, lo sé –replicó el primer hombre-, pero el gobernador tendría que gastar algo de las arcas en investigación, y no tanto en parquecitos o placitas. Cuanto más de ello, más energía, y más veces tenemos que bajar aquí.

El piloto gruñó malhumorado y miró al frente. ¡Cuánta razón tenía su compañero! Desde que el actual gobernador había ganado las elecciones, el número de descensos al núcleo había aumentado. Volvió la cabeza al oír un ruido en la cabina trasera. La puerta hermética se abrió hacia un lado y salió de la cabina un hombre alto y enjuto, con gruesas gafas. El piloto sonrió.

-Parece que el señor Goni por fin se ha levantado –dijo tras soltar una carcajada.

-Mejor trabajar descansado –respondió el otro con una voz estridente-. ¿Falta mucho para llegar, Samus?

-No –dijo el piloto-, el núcleo está ya muy cerca. Precisamente, Gong está preparando el tanque.

El hombre bajo y regordete se volvió y miró irritado al señor Goni.

-Así es –gruñó-. Y mientras el dormilón descansaba, nosotros hacíamos todo el trabajo. No me importa que seas un gran ingeniero, Lan Goni, ni que hayas diseñado y construido esta máquina perforadora. Esto no es un paseo, aquí se viene a trabajar.

-No te enfades –dijo Lan-. No te puedes quejar de la máquina. Seguro que no has probado jamás una mejor que ésta.

-No es la máquina lo que me molesta –replicó Gong-. Con ella hemos tardado la mitad de tiempo en llegar al núcleo que con cualquier otra. Lo que me irrita es tu actitud.

-Hablaremos después de ello –respondió Lan-. ¿Está preparado el tanque? Bien. Enviaré al robot para que conecte el tubo al magma.

El ingeniero se dirigió a la consola de babor y apretó una combinación determinada de botones. Un ruido metálico se oyó bajo el suelo del vehículo. En ese momento, Samus detuvo el avance de la máquina, se volvió hacia sus compañeros y cruzó el dedo índice con el medio. Eso significaba que ya habían llegado al núcleo. Lan asintió y pulsó un botón de la consola. La pantalla delantera se desplegó y mostró el panorama. Estaban ante una gran cavidad rebosante de magma. Tiró de una palanca y se escuchó un chirrido bajo ellos, como si una puerta metálica se estuviese abriendo. Los tres contemplaron la pantalla hasta que mostró el avance de un humanoide grisáceo que tiraba de un largo tubo negro. El robot llegó junto al abismo de magma y tiró el borde del tubo al interior. Gong accionó un interruptor y el magma empezó a deslizarse por el interior del tubo hasta llegar al tanque.

-Espero que ese maldito robot resista –dijo Gong mirando al ingeniero-. Sigo diciendo que tendríamos que haber traído uno más resistente.

-No te preocupes –replicó Lan, con una acostumbrada sonrisa confiada-, resistirá.

-Yo dudaría más de él –replicó Gong-. Esa unidad tiene casi cuatrocientos años. En aquel tiempo, los robots no duraban ni cuatro horas junto al núcleo. ¿Cuánto queda para llenar el núcleo?

Lan se volvió hacia el terminal para estudiar el dato que preguntaba Gong, y dijo con un tono de voz deliberadamente indiferente:

-Está al 60 por ciento de su capacidad.

-¿Ya? –exclamó Gong-. ¡Esta máquina traga que da gusto! Dentro de nada, podremos poner rumbo a casa…

Bueno –replicó el ingeniero, sonriendo sin humor-. De eso os quería hablar después de llenar el tanque.

Tanto Samus como el hombre regordete se volvieron directamente a su compañero, que se apresuró a contemplar la pantalla y comprobar el estado de la extracción. Cuando el tanque quedó lleno, Lan ordenó al robot volver al vehículo. Una vez dentro, fue enfriado automáticamente. Por su parte, Gong cerró el depósito y propició las condiciones para que el magma se conservara en estado semilíquido. Después, se levantó de su asiento y se acercó al ingeniero.

-Bien, ahora explica eso que dijiste antes –gruñó-. ¿Acaso no podemos volver a casa?

-Eso es decisión vuestra –contestó Lan-. Si uno de vosotros quiere poner rumbo a la ciudad, lo haremos y nos olvidaremos de esto. Sólo quiero que me dejéis hablar antes de tomar una decisión.

El hombre bajo y regordete refunfuñó algo por lo bajini y asintió bruscamente con la cabeza.

-De acuerdo –dijo Lan-. Aunque creyeseis que antes esta dormido en la cabina, no era así. Escuché todo lo que dijisteis sobre la situación de la ciudad. Yo también creo que el gobernador debería financiar más la investigación científica y técnica y no dedicarse tanto a adornar la ciudad. De ese modo, creo que podría llegarse a construir robots obreros realmente eficientes. Además, si continuamos perforando la Tierra de este modo, llegará el momento en que el suelo se nos venga abajo.

“Por eso, el Consejo de Científicos se reunió hace nueve meses para deliberar. No podemos obligar al gobernador a financiar nuestros experimentos, pero sí podemos construir máquinas perforadoras haciendo modificaciones en su estructura. Teníamos que buscar una fuente de energía nueva y perpetua, y pensamos que en la superficie podríamos encontrar alguna.

-La superficie –repitió Gong-. ¿Te refieres a lo que está arriba? ¿Por encima de la ciudad?

-Así es –respondió Lan-. Como sabréis, hubo una época en que la ciudad estuvo allí arriba.

-Pero estamos bajo el agua –repuso Samus-. Bajo esa cantidad de agua que la gente llamaba mar.

-No hay problema. A parte de que mi máquina es capaz de viajar en un medio acuoso, también podríamos adentrarnos en la tierra y emerger en un ambiente más seco.

Gong y Samus se miraron indecisos, ante los ojos brillantes y expectantes del ingeniero. No les apetecía lo más mínimo emerger en la superficie, bajo el cielo infinito y desconocido. Sus antepasados habían decidido sumergir la ciudad ante la amenaza que se cernía sobre el mundo. ¿Qué podrían encontrar allá arriba? Además, ¿soportarían aquel llameante astro que las viejas escrituras denominaban Sol? Sin embargo, también veían la necesidad de encontrar una nueva fuente de energía. Las palabras de Lan Goni tenían mucho sentido.

-Está bien –dijo finalmente Gong-, yo estoy dispuesto a seguirte, si Samus está de acuerdo. Recuerda que él es el único capaz de manejar este trasto.

-No creas que no voy a ir –respondió el piloto, intentando parecer confiado, pero consiguiéndolo sólo a medias-. Subamos a la superficie y veamos qué pasa.

-Me gusta vuestra actitud –dijo Lan-. Os dije que había dos opciones. Podemos subir en línea recta, y después viajar por el agua. O bien adentrarnos un poco en la corteza, desviándonos de la ciudad, y emerger después en tierra firme. Creo que la segunda opción es mejor.

Sus dos compañeros estuvieron de acuerdo con el ingeniero, y se alejaron rápidamente del núcleo. La máquina perforadora se colocó en posición horizontal y siguió avanzando. Cuando Lan lo consideró conveniente, le dijo a Samus que viajase hacia arriba. A pesar del tremendo gasto energético, podían usar el magma recogido en el núcleo para fabricar los cristales que hacían funcionar la máquina, cosa que no hubiera sido posible sin Gong. El hombre bajo y regordete era experto en quitar las impurezas del magma y hacer los cristales, y era uno de los mejores.

El recorrido les llevó más tiempo del esperado, pero tenían energía de sobra, pues el magma que trasportaban estaba destinado a reabastecer a toda una ciudad durante al menos dos años. Lan había enviado otra máquina perforadora unos días antes de que su grupo abandonara la ciudad, pues no iban a dejarla sin energía.

Doce meses después, Samus comunicó a sus compañeros que estaban a punto de salir a la superficie. El ingeniero le ordenó que detuviera los motores mientras él comprobaba la atmósfera. Cuando descubrió que el aire era respirable, la gravedad soportable y la radiación lo suficientemente baja, permitió al piloto conducir el vehículo hacia la superficie. Lan conectó la pantalla y los rayos solares cegaron a los tres. El ingeniero pasó a sus compañeros unas gafas de cristales tintados, y se puso él también unas, quitándose previamente sus anteojos. 

El Sol todavía les dañaba los ojos, pero ahora era más soportable. Estudió lo que veían por la pantalla, y quedó maravillado. Habían emergido en medio de un campo de hierba verde y pocos árboles. Unos cuantos animales pastaban en el lugar, aunque habían dejado de comer para mirar la máquina con una mezcla de miedo y curiosidad. “Vacas”, pensó Lan, “son vacas. Aparecían en los antiguos escritos”. El prado estaba cercado con una valla de madera blanca, y un poco más lejos había una extraña construcción que los tres identificaron como una casa.

-Nunca he visto una casa como ésa –comentó Gong-. Ni siquiera aparecen en los grabados de los viejos documentos.

-Además –repuso Lan-, está en buen estado. No parece tener miles de años.

-¿Qué quieres decir? –preguntó Samus, mirando bruscamente al ingeniero.

-Creo poder afirmar que esa construcción es reciente. Debe tener bastantes menos de cien años.

El piloto se quedó mirando a Lan, sin ser capaz de articular palabra. Gong también parecía contrariado.

-Eso es imposible –consiguió decir Samus-. La humanidad desapareció de la faz de la Tierra. Por eso nuestros antepasados se instalaron bajo el mar. El castigo divino…

-No me hables del castigo divino –replicó Lan, impaciente-, ya conozco la historia. Pero esto no puede tener otra explicación. Tampoco acepto que haya surgido otra especie de nuestra inteligencia. Afirmo que nuestros antepasados se equivocaron con respecto al castigo divino.

-Si te oyeran los monjes, se escandalizarían –dijo Gong-. Tiene que haber otra explicación. Quizá esa casa emplee unos materiales muy resistentes.

-Soy ingeniero, y de los buenos. Te digo de un solo vistazo, que los materiales que usa esa cosa son bastante más flojos que los que usamos abajo en la ciudad. Además, ¿cómo explicas lo de las vacas? Recuerda lo que se decía de ellas. Era animales domésticos. Alguien tiene que cuidar de ellas. Así que no me hables de los monjes y sus absurdas supersticiones.

Guardaron silencio durante un rato, todos cabizbajos y extrañados, hasta que Samus, que había estado mirando la pantalla, lo rompió bruscamente.

-Quizá allí venga la respuesta –dijo.

Lan y Gong miraron el monitor y vieron atónitos que una figura humana se acercaba corriendo al vehículo. El piloto y el hombre rechoncho se quedaron boquiabiertos. El hombre que venía corriendo tendría unos cuarenta años, y era algo y delgado, pero los tres compañeros no podían confirmar el tema de la edad. Su rostro era una extraña mezcla de temor, curiosidad y sorpresa. Se detuvo a escasos metros de la máquina perforadora y la contempló con incredulidad.

-Abre la puerta –dijo Lan-. Vamos salir y a tomar contacto con él.

-¿Para qué quieres algo así? –estalló Gong-. No sabemos cómo va a reaccionar. Fíjate en su cara. Está muerto de miedo.

-Tranquilo –respondió Lan-, con un poco de control mental podré aplacar su miedo.

Los ingenieros habían conseguido estudiar y perfeccionar sus dotes mentales y eran unos maestros en las artes de la telequinesia y de la telepatía. Había sido un proceso de siglos, pero había valido la pena.

Aunque reacio, Gong apretó un botón y la portezuela de la izquierda se abrió hacia arriba. Una rampa bajó hasta el suelo para permitir a los tripulantes descender hasta el suelo. Por la pantalla vieron que el desconocido se apartaba del transporte, aún más asustado, pero también parecía que sentía más curiosidad. Los tres compañeros descendieron por la rampa y se mostraron ante él. El extraño parecía sorprendido de ver a unas criaturas tan parecidas a él. Lan avanzó unos pasos lenta y vacilantemente, todavía aturdido por la luz del Sol y un poco incómodo por hallarse al aire libre. Levantó la mano derecha y dijo:

-Saludos. Venimos en son de paz. Solicitamos que se nos preste una audiencia.

El extraño se quedó de piedra ante las palabras del ingeniero. Frunció el ceño, sin entender, y después empezó a hablar en un lenguaje incomprensible para los visitantes. Gong enarcó una ceja y miró de reojo al ingeniero. Lan se dio cuenta, resopló y dijo:

-Está bien, utilizaré mis habilidades mentálicas.

Se volvió hacia el extraño y entró en una especie de trance. Al mismo tiempo, el extraño pareció quedarse mirando a la nada. Después de un rato, el ingeniero abrió los ojos y e contacto mental se rompió. El extraño se volvió y fue andando hacia la casa. Lan miró unos instantes al hombre y después se dirigió a sus compañeros.

-Vámonos –dijo-. Aquí ya hemos terminado.

-¿Qué? –exclamó Gong-. ¿Tan pronto? ¿Has encontrado algo?

-Sí –respondió Lan-. La mente de ese hombre era muy simple, y no fue complicado penetrar en ella. Le he ordenado que se fuera a su casa a dormir. Mañana creerá que todo ha sido un sueño.

-¿Has encontrado algo importante? –preguntó Samus.

-He dicho que sí –replicó en ingeniero con impaciencia-, pero prefiero contaros todo de camino a casa.

El piloto se encogió de hombros y abrió la marcha hacia el interior de la máquina. Cuando todos estuvieron instalados, cerró la portezuela y encendió el motor. Viró el morro del vehículo y se adentró en el agujero que habían hecho para salir al exterior. Samus tapó la entrada al túnel y después empezó a descender. Se volvió entonces a Lan.

-Ahora, ¿nos vas a decir qué descubriste?

-Sí –replicó el ingeniero-. He descubierto muchas cosas. Encontré una fuente permanente de energía, pero otras cosas muy interesantes. En primer lugar, ese hombre hablaba griego.

-¿Griego? –exclamó Gong-. ¡No digas sandeces! No hemos entendido ni una palabra de lo que ha dicho…

-Eso es porque no es exactamente el mismo griego. En 2000 años, el mundo seguramente ha sufrido muchos cambios. Incluso el idioma evoluciona de manera que no se parezca al nuevo lenguaje. En segundo lugar, esta gente sabe de nuestra ciudad.

-¿Cómo? –exclamó Samus-. ¿Cómo puede conocer la existencia de nuestra sociedad?

-No conoce nuestra existencia exactamente –dijo Lan-. Para ellos, nuestra ciudad es una leyenda como la de la nina. Pero lo más importante de todo, es que tienen una fuente inagotable de energía, aunque ellos mismo no saben cómo aprovecharla. Esa fuente de energía es el Sol.

Samus y Gong miraron con los ojos abiertos de par en par al ingeniero, que ya se había quitado las gafas de cristales tintados y se había colocado sus anteojos.

-Los rayos solares tienen unas propiedades que pueden ser utilizadas para proporcionar energía –continuó-. Ahora, los ingenieros nos esforzaremos para intentar aprovechar la fuerza del Sol desde las profundidades del mar, y creo que no tardaremos en conseguirlo.

Samus, Lan y Gong celebraron el descubrimiento mientras la máquina perforadora avanzaba hacia las profundidades de la tierra, hacia la mítica ciudad de Atlantis.

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